El pequeño comercio tradicional ha sido desde siempre el motor vitalista de las ciudades. Una ciudad sin comercio minorista, es una ciudad sin vida. Las tiendas del barrio aportan familiaridad en el servicio y una relación más humana y personal.

El comercio local aporta riqueza ya que al contar con un número elevado de pequeños empresarios, éstos contribuyen al desarrollo de los barrios y mantienen un importante número de puestos de trabajo.

El comercio al detal cuenta a su favor con la calidad en el trato de los productos y su conocimiento, y la cercanía hacia el cliente.

Es posible que los precios de las grandes superficies y cadenas sean difícilmente equiparables, ya que esto lo consiguen comprando en grandísimas cantidades a grandes productores. Contra esto estaría la opción de la calidad, vender poco pero de mucha calidad. Un poco más caro, sí, pero productos infinitamente mejores y comprados a un pequeño productor.

La unión entre pequeños productores y pequeños comerciantes puede ser un factor de éxito que debería estudiarse.
Barrio y Mier

Los pequeños comercios urbanos deben protagonizar la recuperación de la ciudad viva, segura, amable, multifuncional, comercialmente justa y socialmente equitativa, culturalmente diversa, generadora de empleo estable local así como de un circuito financiero local con el máximo de actividades económico-productivas regionales.

Además, ese modelo comercial tradicional facilita la pervivencia del sector agropecuario comarcal-regional, con productos frescos de temporada y con la máxima garantía sanitaria y control de calidad.

Este pequeño comercio preserva la biodiversidad y las señas de identidad cultural tradicionales. Revaloriza lo local frente a los aspectos negativos de la globalización y uniformidad cultural pues evita o dificulta la homogeneización de gustos, necesidades y preferencias. Recupera la producción regional de alimentos, bienes y servicios así como el artesanado y las señas de identidad local. Humaniza las relaciones sociales al propiciar y mantener el trato humano amable y personalizado. Facilita la vida de importantes sectores sociales con dificultades para acceder a las grandes superficies de periferia: jóvenes, jubilados, parados, tercera edad, trabajadores… Este comercio tradicional racionaliza y frena el consumismo ciego, compulsivo y desbocado del gran hiper, ofreciendo, generalmente, más calidad y mejores condiciones en los puestos de trabajo. Permite llevar a la práctica el principio, cada vez más demandado, de “producción local-consumo local”, con todos los beneficios que implica, fomentando el consumo crítico y responsable revitalizador, además, de la vida rural del entorno, del país… Pero quizás, el aspecto que hoy más se empieza a valorar es el importantísimo papel del comercio tradicional en la recuperación, con criterios de sostenibilidad, de la ciudad o del nuevo urbanismo sostenible.

Recuperar la ciudad para sus habitantes. Pasear por ella sabiendo si es de día o de noche, detectando la vitalidad de la misma y relacionarse de una forma más amable y ciudadana. Ver escaparates, comprar despacio y atendido por profesionales que conocen el producto.