Los  iluminadores y los contornos faciales cumplen las funciones de destacar los mejores atributos y disimular los defectos del rostro, e incluso para contornearlo y aportarle angulosidad. Es lo que se llama técnica del “strobing” (iluminar la cara para verla más joven y luminosa).

Los iluminadores, bien aplicados, hacen que el semblante parezca mucho más fresco y juvenil, pero hay que tener mucho cuidado para que su exceso no nos haga brillar más de la cuenta y parecer una especie de bombilla andante.

Los hay en crema, en polvo, líquidos, pudiendo escoger el qué más sencillo nos resulte de aplicar o el que más nos atraiga, pero siempre teniendo en cuenta nuestro tipo de piel, ya que, en algunos casos, en lugar de resaltar nuestra belleza puede destacar una arruguita, un grano o unos poros abiertos. Por eso es conveniente probarlos antes de adquirirlos y verse a la luz natural, como casi todos los productos de cosmética.

Sin embargo, se recomienda como norma general  utilizar los iluminadores cremosos para el día ya que tienen un acabado mate que da un efecto más natural a la cara.

En cambio,  los iluminadores en polvo y con destellos glitter son ideales para la noche ya que son un poco más notorios.

Los tonos rosados son mejores para mujeres de piel clara mientras que el dorado es estupendo para pieles morenas.

Los iluminadores líquidos se pueden mezclar con la base de maquillaje, e incluso se pueden emplear para dar toques de luz en determinadas partes de la cara. Incluso se puede reforzar el efecto aplicando otros iluminadores en crema o en polvo encima. El truco es no excederse, aunque cada persona puede elegir el efecto deseado.

Las zonas que se deben resaltar con este producto son: arco de la ceja, lagrimal, puente de la nariz, parte superior de los pómulos y arco de Cupido de los labios. Así se consigue el “efecto glow” de piel jugosa, luminosa y más atractiva.